Guadalupe
Día tras día, cuando el fuego se abría paso en el horizonte ya avanzada la tarde, Guadalupe salía corriendo de entre las olas e irrumpía en la inmaculada capilla. Aquí estoy a salvo, se decía entre los dorados, de mí misma y de los malditos pecados. Todavía chorreando, tomaba una vela entre sus delicados dedos y pedía que la culpa no fuese suya, sino de aquel condenado. Si por lo menos mi madre me concediera la inocencia. Arrodillada con sus "por-favores", la sal le brotaba de las cuencas de los ojos. Yo no quería, señora, yo no quería. Día tras día, día tras día la cantinela. Lamentaba no ser ella la figura en el altar. Ave María purísima, ruega por nosotros pecadores.
Se apartó el largo mechón de carbón de la frente y alzó la vista. Te sienta bien esa mirada de mártir, susurró como si le salieran abejitas entre los labios. Luego más alto, pero eres una impostora, María, tú no tienes ni idea. Comenzaba a sentirse enfadada, tú sólo conoces el rojo de las rosas que te adornan los pies. Deseaba tan fuerte cambiarle el puesto, ser ella la imagen etérea que nadie osaría violentar.
Entonces María le tendió una mano y ella trepó destrozando los arreglos florales, las coronas de azucenas, y le abrazó el manto. Bendita sea mi niña, no puedes convertirte en virgen porque estás cubierta de sangre, aunque vayas a bañarte al mar. Un alarido desgarrador atravesó la capilla, de la cruz al suelo cubierto de cera. Y como estaba todo perdido, Guadalupe besó a María y las mandaron a quemar.